08/03/2010 Entrevistas Lecturas 38
-¿Entre los próximos libros que van a sacar por cuál cree que deberíamos de apostar porque puede ser un gran éxito y por cuál porque su calidad literaria es excepcional?
Me permitiré recomendar dos, pero porque pienso que ambos son igual de buenos, y no puedo (lo siento) privilegiar uno sobre el otro: el primero es “La hija de Robert Poste”, de Stella Gibbons, considerada la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX. La publicaremos a principios de febrero. Se trata de un clásico sin paliativos, nunca hasta ahora traducido al castellano (algo sorprendente), y que es una parodia cruel y deliciosa de las novelas de Thomas Hardy y D. H. Lawrence. Narra la historia de una chica que, tras quedar huérfana, se ve obligada a mudarse con unos parientes de lo más rústicos y disparatados, los Starkadders, que habitan en una granja Cold Comfort Farm, y que son todos unos personajes. De verdad, una obra maestra, y mítica en el mundo anglosajón. Un descubrimiento.
El otro título se llama “La librería”, y es la segunda novela de la inglesa Penelope Fitgerald. Finalista del Booker Prize en 1973, y ambientada en la Inglaterra de los años cincuenta, narra la historia de una viuda que, tras heredar una pequeña cantidad de dinero, se lía la manta a la cabeza y decide montar una librería en un pequeño pueblo costero de Sussex. Entonces decide colocar la “Lolita” de Nabokov en el escaparate, y todo el pueblo, compuesto de gente de lo más atrabiliaria, se conjura para intentar que la librería cierre sus puertas. “La librería” es una hilarante tragicomedia provinciana, una obra maestra de la entomología librera.
-¿Qué estrategias tienen en proyecto para que la relación comercial con las librerías sea aún mayor?
Creo que la clave está en que exista una mayor comunicación entre los editores y las librerías independientes. Una información, eso sí, no indiscriminada, sino adecuada a cada punto de venta, y lo más personalizada posible. Ante la avalancha de novedades (realmente un tsunami editorial) que semanalmente arriba a las librerías, creo que debe imponerse entre nosotros un criterio de información selectiva y de feed back. Ya de por sí editoriales como Impedimenta, pero también el resto de editoriales de Contexto, suelen optar por una contención de la oferta, por un número de novedades al año que raramente pasa de veinte. Pero, aun así, lo deseable sería poder hacer llegar al librero un mensaje claro de cuáles son las apuestas claras (dos o tres por temporada) para su tipo de librería. Y en eso hemos de trabajar ambos estamentos, creo yo. Asimismo, como decía, sería deseable que las librerías ofrecieran el correspondiente feed-back al editor sobre cómo cala su apuesta en el lector de cada librería, y eso nada más puede ser factible en base a unos canales de comunicación muy despejados, y en una relación muy estrecha (a la que los editores estamos totalmente abiertos, por cierto). De hecho, y aprovechando la creación de la nueva página de Contexto para principios de año (la anterior es una mera demo), queremos dar protagonismo a las propias recomendaciones de los libreros, que son, en buena medida, los filtros naturales de nuestros libros. Iniciativas como la de “El librero recomienda” y similares (recomendaciones de libreros en sus blogs y en sus páginas web) tendrán un lugar en la página. De hecho, no conozco mejor manera de explicitar la complicidad natural entre libreros y editores independientes.
-¿Hacen un seguimiento de cómo son enviadas las fichas de sus libros por CEGAL en Red?
Se trata de una tendencia, la de procurar una mayor y mejor información a los libreros sobre nuestras novedades y nuestro fondo que va en alza entre nosotros. Una vez dados de alta los títulos en DILVE (algo que Impedimenta hace desde junio y que otros editores amigos han integrado también en su proceso de trabajo desde hace meses), el siguiente paso es hacer su seguimiento por medio de CEGAL en Red. En Impedimenta hemos iniciado los trámites para conseguir una contraseña y poder así ver qué entrada tienen nuestros títulos en las librerías asociadas. Para nosotros es fundamental cerrar el círculo, y ver qué repercusión tienen nuestras novedades y cómo mejorar el servicio al librero y al lector, y para eso CEGAL en Red es una herramienta perfecta.
-¿Qué deberían cambiar las librerías para ser empresas más sólidas?
No soy yo quién para cuestionar el modo de funcionamiento de las librerías en general, o de los puntos de venta españoles. Yo sólo soy un editor y puedo hablar de mi experiencia. Quizás ésta sirva, por analogía, para pergeñar las posibles respuestas a los retos que nos depara el futuro. Ante momentos de cambio de paradigma como éste, creo que es fundamental que todos los estamentos implicados en la industria del libro (editores, libreros, distribuidores) adoptemos políticas de colaboración y que empecemos a compartir información de un modo más eficiente. Eso vale también para los destinatarios finales de nuestro trabajo, que son los lectores. En eso estamos los editores, algunos distribuidores (como el nuestro, UDL, que desde hace unos meses ha puesto en marcha una potente herramienta para que los editores mostremos de un modo más efectivo nuestro catálogo a libreros y lectores), y muchos de los libreros más admirados por nosotros. Creo que no basta ya con quedarse en una esquina esperando a que el lector llegue y compre libros. Hay que salir a buscarlo, y hablarle en su idioma. Y en ese proceso, creo que la interrelación con las redes de editores independientes (no ya con los Gremios, como diré luego) es fundamental. Las nuevas tecnologías ofrecen retos, pero también soluciones, y hay que aprovecharlas. Las nuevas tecnologías pueden dotar de una enorme fortaleza a una librería, no sólo para gestionar mejor sus fondos, sino también para lograr vender más libros.
Por otro lado (y siento extenderme tanto en la respuesta), los competidores del libro cada vez son más poderosos. Frente a esas amenazas, no queda más remedio que dinamizar los espacios de la librería para que el lector encuentre una alternativa en ellos frente a otras propuestas de ocio.
-¿Cómo cree que será el futuro de las librerías frente a los Centros Comerciales y las grandes cadenas libreras?
Hace unos meses estuve en Londres visitando algunas librerías, y recopilando material para un artículo que tenía que escribir sobre la desaparición de las pequeñas librerías independientes frente a gigantes como Waterstone’s. Saqué dos conclusiones que creo que podrían ser aplicables al sector español, aunque, por otra parte, éste se basa en premisas diferentes (precio fijo, una menor mortalidad que en el caso inglés, etc.). Primera, que la respuesta ante la estrategia de las macroestructuras ha de basarse en dotar de mayor personalidad y atractivo a las librerías pequeñas. Entre los editores ocurre algo parecido: frente a las apuestas a veces indiscriminadas de los grandes grupos (quienes, por otro lado, hacen también cosas muy brillantes, eso no se discute), las editoriales pequeñas optamos por una mayor especialización, capacidad de identificación y de fidelización de nuestros lectores. Editores y libreros independientes contamos con menos estructura y por tanto con mayor capacidad de improvisación, con más cintura, para entendernos. Ese es un punto a favor. Segunda, que la librería no puede renunciar a su esencia como lugar de encuentro. La librería pequeña cuenta con una ventaja que las grandes estructuras no tienen: una mayor personalización de su oferta, un trato más directo, íntimo y personalizado.
-¿Qué debería cambiar el Gremio de Editores y/o el Gremio de Libreros para ser más eficaces? ¿Cómo deberían trabajar juntos?
Se trata de una pregunta peliaguda, delicada, sobre todo por la particular deriva que ha ido tomando parte del stablishment a lo largo de los últimos años. Me da la impresión (por la información que tengo, y sobre todo por la atmósfera que se respira cuando uno pisa una librería y habla con el librero al respecto) de que el Gremio de Libreros todavía sigue siendo un foro efectivo de defensa de los intereses de sus asociados. Ahí está, por ejemplo, el caso del Gremio de Madrid, y su (loable y envidiable) escenificación de unidad y coherencia en los Premios a los mejores libros del año, que se entregaron hace unas semanas. O el del Gremi de Llibreters de Cataluña, que conozco bien y de cerca. El caso de los Gremios de Editores es diferente desde hace ya cierto tiempo, por desgracia. La situación del de Madrid es especialmente sangrante, porque años y años de políticas solipsistas por parte de unos gestores bastante alejados de la actividad editorial en sí (algo paradójico) han derivado en una desafección absoluta entre las bases y la dirección; como resulta de ello, actualmente el Gremio en Madrid, con ramificaciones en la Federación a nivel nacional, está inmerso en una crisis terminal. En pocas palabras, el Gremio y los editores de a pie vivimos en universos diferentes que, por no ser, no son ya ni paralelos. Vivimos, literalmente, en otra dimensión. Actualmente, muchos de nosotros (incluso podría decir una mayoría de nosotros) nos sentimos más identificados con el sentir y las inquietudes de los libreros y los distribuidores que con el propio Gremio que nos representa. Creo que primero deberíamos poner paz en nuestra propia casa, y luego empezar a tender puentes de nuevo. Vamos todos en el mismo barco, y deberíamos ponernos de acuerdo en hacia dónde remar.
-¿Cuál es su posición frente al libro electrónico?¿Cómo afectará a los libreros?
He de decir, antes que nada, que soy un firme seguidor de las nuevas tecnologías, creo que no estaríamos donde estamos (todos) sin ellas, e incluso que yo mismo no podría editar los libros que edito sin su auxilio. En cuanto al libro electrónico, creo que es un nuevo soporte, simplemente, y eso juega en su contra. En las actuales circunstancias, y por diversas razones, no constituye ni por asomo competencia para el libro tradicional. Y no lo constituirá en mucho tiempo, me temo. El libro en papel es un invento perfecto, en el sentido de que ya no es mejorable. Ha llegado, hace ya tiempo, a su punto óptimo, y lo máximo que podemos hacer con él es jugar con algunos de sus atributos (tipo de papel, encuadernación, costes derivados de su proceso de producción). Es hermoso, manejable, llega a todos sitios, sobrevive a los hombres que lo fabricaron si está bien hecho, y, sobre todo, tiene personalidad. Transmite. El libro electrónico, por el contrario, es un beta perpetuo. Sea como sea es poco atractivo, frío, un simulacro, siempre con la continua amenaza de que sus hijos lo suplanten, y lo que es más importante: lo que hace, lo hace mal, porque hay alguien que lo hace mejor que él: el libro en papel. Para leer “Las crónicas italianas” hace ya tiempo que se inventó el artefacto perfecto: el libro. Es decir, no hace falta inventar nada más, ya está inventado. Decía la canción: “El vídeo mató a la estrella de la radio”, pero el que ha muerto ha sido el vídeo, y la radio sobrevive.
Dicho esto, y repito, sin pretensión de extenderme en demasía: sus usos profesionales son bastante fecundos (para leer originales, o ediciones extranjeras que pierden mucho tiempo en transporte, o que cuestan mucho), no así los usos para el lector de la calle (no lo necesita para nada, sus fines son otros). En todo caso, mi posición es que, en todo caso, y sea cual sea la repercusión futura del libro electrónico, el librero ha de seguir haciendo de filtro, porque la selección y la prescripción (personalizada) está en la base de toda operación cultural (esto es, el libro electrónico debería de encauzarse vía librerías, sean estas físicas o virtuales); por su lado, el distribuidor debería implicarse también en el proceso y estar en la línea de salida para seguir siendo un operador también en este ámbito.
-¿Considera positivo los acuerdos que se toman para la Cadena de Suministro del Libro?
Sin duda. Abundando en lo que decía más arriba, es fundamental que creemos cauces de comunicación entre libreros, editores y distribuidores. La aparición de DILVE y más tarde SINLI, por ejemplo, ha supuesto un cambio exponencial (hablo desde el punto de vista de los editores, incluso de los pequeños editores) en cuanto a la difusión de la información, la retroalimentación de cara a nuestras propias empresas y la creación de políticas comunes en el sector (que siempre son beneficiosas). Me pierdo en la macropolítica que esconden tales iniciativas, pero yo, como pequeño editor, constato que me beneficia. Primero, porque normaliza la información (con lo que ésta deja de ser difusa y empieza a ser mucho más objetiva y manejable), y segundo porque me permite manejarla a mí, y enriquecerla.
-¿Si fuese librero qué le pediría a un editor como usted?
No lo sé. Más información, quizás, y con más anticipación. Que procurase adelantar el envío de mis planificaciones de temporada para que, cuando llegasen las novedades, se tuviera ya una idea previa de qué libros funcionarán mejor para mis lectores. Que procurase privilegiar, de entre todos mis lanzamientos, aquellos que considerase más interesantes. Esto que digo engarzará probablemente con la respuesta a la pregunta siguiente, pero creo que seleccionar, entre la avalancha de novedades, es fundamental, y si el editor me lo pusiera más fácil, se lo agradecería.
-Los libreros recibimos un número de novedades imposible de gestionar, ¿qué opina sobre que en la cadena del libro tengamos este defecto por interés de los editores?¿Cuántos títulos editan ustedes?¿Lo creen adecuado?
He de decir que, cada vez más frecuentemente, cuando hablo con libreros (algo que les ha pasado a editores amigos, de similares características que Impedimenta), la queja fundamental es que los editores publicamos demasiados libros. Lo cierto es que no es mi caso, y no creo que yo sea de los que fomente la saturación de las mesas de novedades, pero la sobreabundancia de títulos es el cáncer del sector. Hace muy difícil que exista vida inteligente en las mesas de novedades, y que la vida de un libro sea de más de un mes. Los catálogos y la planificación editorial, que deberían estar presididos por la selección, se transforman en mero ruido. Es una pena que haya libros verdaderamente imprescindibles que no tengan siquiera tiempo de cuajar. Son virtualmente barridos por títulos y más títulos que muchas veces se editan solamente porque funcionaron relativamente en Holanda, o porque vendieron unos cuantos miles de ejemplares en Japón, siendo en muchos casos libros de relleno. Creo que los libreros tenéis razón al quejaros de esta avalancha, pero todos somos víctimas de ello. Yo no me quejo, porque cuento con el cariño y el apoyo de muchos libreros que aguantan mis libros durante meses, pero conozco casos sangrantes.
Impedimenta publicó en su primer año trece títulos. El segundo año (que se cerró en septiembre) publicó otros trece títulos (nos gusta el número trece). Entre septiembre de 2009 y julio de 2010 publicará quince títulos. Creemos que la cifra ideal para nosotros es entre quince y dieciocho títulos al año, un título cada quince días o tres semanas (y quitando julio, agosto, diciembre, y la primera semana de enero). Creemos que se trata de un número de títulos asumible por cualquier librería. Seríamos tontos si publicásemos títulos que provocasen que tuvieran que devolver los anteriores. En Impedimenta tenemos dos reglas de oro: una, no editamos más que lo que nos da tiempo a editar, leer y valorar. No más. Eso, además, nos permite dar una sensación de selección. No queremos sacar un libro y perjudicar al anterior, “pisarlo”. Y segunda: nada más editamos títulos que consideramos necesarios, buenos títulos. Nunca títulos que no nos gusten, aunque creamos que funcionarán. De editor nunca nos haremos ricos ni nos compraremos una casa en la Toscana, ni viviremos en plan funcionario diletante en Luxemburgo, así que, por lo menos, saquemos aquellos títulos que nos emocionen. Ni uno más.
Enhorabuena por la entrevista y, el valor del contenido que expone el responsable de IMPEDIMENTA sobre el sector Editorial y,su impresión del poco daño que nos puede hacer el libro electrónico a unos años vista.Coincide plenamente con lo que pensamos muchos libreros.


